"Después que el Altísimo Padre Celestial se dignó, por su gracia, iluminar mi corazón para que, con el ejemplo y las enseñanzas de nuestro beatísimo Padre San Francisco, hiciese yo penitencia, poco después de su conversión, le prometí voluntariamente obediencia juntamente con mis hermanas.

     Y, viendo el bienaventurado Padre que no había pobreza, ni trabajo, ni tribulación, ni afrenta, ni menosprecio del mundo que nos arredrase, sino que más bien teníamos todo esto por grandes delicias, movido de su piedad nos escribió la forma de vida en estos términos: «Ya que ya, por inspiración divina, os habéis hecho hijas y esclavas del Altísimo Sumo Rey el Padre Celestial, y os habéis desposado con el Espíritu Santo, eligiendo vivir conforme a la perfección del Santo Evangelio, quiero y prometo tener siempre, por mí mismo y por medio de mis hermanos, diligente cuidado y especial solicitud de vosotras no menos que de ellos».

     Y, a fin de que jamás nos separásemos de la Santísima Pobreza que habíamos abrazado, ni tampoco las que habían de venir después de nosotras, poco antes de su muerte nos escribió su última voluntad, con estas palabras: «Yo, el hermano Francisco, el pequeñito, quiero seguir la vida y pobreza del Altísimo Señor Jesucristo y de su Santísima Madre, y perseverar en ella hasta el fin.

     Y os ruego a vosotras, señoras mías, y os recomiendo que viváis siempre en esta santísima vida y pobreza. Y guardaos muy bien de apartaros jamás de ella, en manera alguna por enseñanza o consejo de quien sea»".


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