Locura para empañar su buen nombre fugándose de casa a medianoche, dando qué pensar y qué decir. Locura era, para una doncella noble, hacerse discípula de un burgués. Tanto más en aquel caso, pues el buen juicio de Francisco Bernadone se cuestionaba ¡y no poco! por aquellos años. También él había roto de forma dramática con la familia. Locura era cuestionar su honradez yendo a vivir en una ermita apartada de la ciudad y teniendo trato frecuente con aquellos chicos alocados compañeros de San Francisco, unos nobles y otros plebeyos, que se decían "penitentes de Asís".

    Locura era despojarse de su rica hacienda para vivir en adelante como una pobrecilla. Locura era dejar el prestigio de su casa para dar qué hablar haciendo cosas nuevas. Mucha locura, demasiada locura en una doncella de 17 años. Y nadie diga que tenía 18, pues a esa edad ya la habrían desposado. Pero ella había comprendido que estaba creada para la vida, la creatividad y la responsabilidad histórica. Al fin darían gracias al Creador.

     Es la libertad de los hijos de Dios lo que abre las alas. Es el impulso del Espíritu, más fuerte que todas las razones, lo que hace volar a los santos por encima de todas las prevenciones, prudencias humanas, críticas y violencias. Pues, la violencia no faltó esta vez por cuenta de su tío Monaldo, que la quería devolver a casa de grado o por fuerza. La incomprensión de los suyos, la persecución de los buenos, las muchas dificultades han acompañado siempre a los mejores. ¿Por qué será? Sin duda el error familiar que vemos en el caso de Clara, y también en el de San Francisco, podía haber enseñado otra prudencia mejor, capaz de facilitar las cosas con menos sufrimiento.  Pero las generaciones siguientes vuelven a caer en lo mismo acreditando a Cohelet en aquello de que "lo que fue, así será" (Cf Triviño, el velo transparente, Claune nº 44, 15-17).

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